Escuela de Teatro: Sarandí 766
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Crítica:
PISAR EL PALITO
De GRISELDA GAMBARO,
Dir: HELENA NESIS,
Teatro EL ESPIÓN

A veces el arte debe conformarse con retratar a la vida. Otras, en cambio, es la vida que se mete, ya no CON el arte, sino mas bien EN EL ARTE mismo, se funden y aparean hasta configurar un solo territorio sin mapa ni ley, salvaje y movilizador, cautivante e inmoral. Es entonces cuando hasta el lado más oscuro de la vida se vuelve un poco más tolerable porque el arte viene a contarnos que hasta lo mas abyecto puede conmovernos, asi como lo convencionalmente bello, movernos a indiferencia.
En el teatro El Espión, en el barrio de Congreso, se presenta desde hace dos temporadas la pieza Pisar el Palito, de Griselda Gambaro, dirigida por Helena Nesis y con las actuaciones de Ana Siniego, Luciano Ledesma y Gastón Ré.
Se trata de un texto prácticamente desconocido de la autora, cuyo prestigio y trayectoria nos eximen de presentaciones. La historia de Pisar el palito, en cambio, sí nos merece y sucita inquietantes reflexiones, algunas como consecuencia directa del escueto y sin embargo riquísimo texto, otras inevitablemente referidas a la puesta que Nesis y sus actores despliegan ante un público perplejo y conmovido.
Porque en Pisar el palito lo mínimo (presente desde el título mismo de la pieza) se las ingenia para conmocionar y atravesar al espectador con poco menos que nada; apenas una especie de sórdido monoambiente donde los tres jóvenes protagonistas se debaten por reconocerse en el otro, infructuosamente. El resultado es un hecho estético insólito, riguroso, pleno de intensidad y rara belleza, basada en lo sórdido del lugar mismo y del acontecer siempre cambiante y paradojal.
La acción comienza con la irrupción furtiva de Mario, un saqueador que debe saltar una claraboya para aterrizar a oscuras en el centro del ambiente, dispuesto a ejercer su oficio; apropiarse de lo que encuentre. Inmediatamente comprueba que algo no funciona como debiera; Lily, la dueña de casa, ha sido amordazada y encerrada en un placard por otro intruso que se disponía a torturarla momento antes de su llegada. A partir de esta extraña situación (un ladrón auxiliando a su potencial víctima) lo paradojal se apropia del eje narrativo de la historia, trazando giros y micro-climas inesperados y de impredecibles consecuencias. Porque a la situación primigenia referida se suma casi inmediatamente la re-aparición del primer intruso, Agustín, (sádico y psicópata, convencido de que el dolor que provoca en sus víctimas obedece a una especie de fatalidad de la que él mismo es más consecuencia que causa), y entonces sí, el destino inmediato de estos seres parece convertirse en una suerte de azarosa deriva, librada a reglas tan paradojales como las que los han reunido. Se suma a ello la desaparición de la llave de calle del monoambiente de Lily que obliga a Mario y a Agustín a intentar escapar por la misma claraboya por donde entraron, con nulos resultados. Pero esta confirmación del confinamiento no parece desesperar ni al intruso ni al saqueador, muy por el contrario: Mario, intensamente atraído por Lily desde un comienzo, disfraza y minimiza la causas que lo pusieron en su vida (su profesión de ladrón) y Agustín sólo desea involucrarse con ella por el único camino que al parecer conoce: el dolor.
La disyuntiva para Lily no puede resultar más tortuosa: elegir entre su verdugo y su potencial saqueador, atraída físicamente por ambos pero furiosa y asustada de profundizar con cualquiera de ellos cualquier tipo de relación.
La lectura que Helena Nesis plasmó del texto de Gambaro en el espacio escénico no podía resultar más acertada: sus criaturas transitan esta suerte de placentera trampa, a veces como fieras enjauladas, otras como pájaros sedientos, incluso de sangre. Se esfuerzan por simular sus heridas nada más que para quedar más desnudos y expuestos, en un estilo de actuación desgarrado que escapa deliberadamente del naturalismo para incurrir en una suerte de atrapante expresionismo.
Queda claro que para estos seres desvalidos y despersonalizados el futuro es muchos menos que un signo de interrogación; es apenas un punto suspensivo (ellos mismos lo son), supeditado a las mismas reglas que los condenaron a este presente sórdido. De todos ellos, solo Lily parece encontrar en la solidaridad y el afecto un sentido a su existencia. Pero en el final, la reaparición del lado sórdido y criminal de Agustín convierte a la pieza en metáfora de un mundo que segrega y convierte a víctimas en victimarios, sólo para condenarlos a la extinción. En tal sentido, el texto de Gambaro asume el riesgo de buscar donde más cuesta; en las menudencias y los pequeños rincones, donde no llega la luz, obviando el camino seguro del efectismo y el golpe bajo. Gambaro no toma partido abierta ni panfletariamente por sus criaturas pero elige mostrarnos las consecuencias de un mundo deshumanizado, donde los condenados no tiene más remedio que pisar el palito de un destino que no eligieron.
Un párrafo aparte para la escenografía, al iluminación y la musicalización, acordes a lo oscuro e inquietante de la propuesta.

LUIS SAEZ